¿Por qué no debemos forzarlos a entrar? Locke, la Ilustración, y el debate sobre la tolerancia religiosa

¿Por qué no debemos forzarlos a entrar? Locke, la Ilustración, y el debate sobre la tolerancia religiosa

“Nosotros tendemos a estar tan comprometidos con estos principios que fácilmente podemos olvidar cuan seductivos pueden ser los casos de intolerancia. Consideren, por ejemplo, una persona que dice con aire autoritario: “yo sé que mi religión es la única verdadera y que la tuya es completamente falsa. También sé que te iras al infierno si no te conviertes a mi religión.” ¿No sería un acto de caridad de su parte convertirte, por la fuerza si es necesario, a la religión que asegurará tu felicidad en la otra vida?”


Esta traducción ha sido efectuada a partir del texto escrito por Nicholas Jolley, que fue publicada en la página de la Oxford University Press: https://blog.oup.com. Si deseas acceder al artículo original puedes hacerlo a través del siguiente enlace: https://blog.oup.com/2017/04/religious-tolerance-locke-philosophy/


Autor: Nicholas Jolley

Nicholas Jolley  es un profesor investigador y profesor emérito de filosofía en la Universidad de California, Irvine. También ha enseñado en la Universidad de California, San Diego y la Universidad de Siracusa. Él es autor de numerosos libros para OUP (Oxford University Press), incluyendo “Tolerancia y entendimiento en Locke” (2017), y “Temas suceptibles de Locke: Materialismo e inmortalidad” (2015).


La mayoría de personas en Occidente aceptan irreflexivamente la necesidad de la tolerancia religiosa. Por supuesto, si los presionas, ellos admiten que la tolerancia, como la libertad de expresión, no puede ser absoluta; sino que deben existir algunos límites. Supongamos, por ejemplo, que mi religión llama a sacrificar humanos todos los domingos; nadie pensaría que una religión así debería ser tolerada. Otra vez, si están presionadas, las personas estarían de acuerdo en que hay casos difíciles: tomemos un asunto que preocupó a John Locke, supongamos que mi religión demande lealtad a un poder extranjero. Podemos pensar que personas razonables pueden discrepar sobre estos casos. Pero el hecho es que existen estos casos problemáticos que no estremecen el compromiso de las personas hacia los principios de la tolerancia religiosa.

Nosotros tendemos a estar tan comprometidos con estos principios que fácilmente podemos olvidar cuan seductivos pueden ser los casos de intolerancia. Consideren, por ejemplo, una persona que dice con aire autoritario: “yo sé que mi religión es la única verdadera y que la tuya es completamente falsa. También sé que te iras al infierno si no te conviertes a mi religión.” ¿No sería un acto de caridad de su parte convertirte, por la fuerza si es necesario, a la religión que asegurará tu felicidad en la otra vida? Aquí uno podría adaptar un ejemplo dado por el campeón del liberalismo, John Stuart Mill, pero con otro propósito. Un policía mira a una persona intentando cruzar un puente que sabe que no es seguro. De acuerdo con Mill, esto no es una interferencia injustificada contra la libertad de la persona para el oficial que utilizará la fuerza para prevenir que ésta no pise el puente; él sabe, después de todo, que el puente es inseguro y que la persona no quiere caer en el rio. Uno podría tomar un argumento similar en el caso religioso: yo sé que la religión de John está llevándolo al infierno, y sé que ese no es un lugar donde él desea acabar. Teólogos en la tradición occidental como Agustín han argumentado a favor de la intolerancia siguiendo esas líneas, y han fundamentado sus argumentos apelando al texto bíblico: “fuérzalos a  entrar”

Es probable que los liberales modernos respondan que la apelación al ejemplo de Mill es injusta, porque la analogía está lejos de ser exacta. Por un lado, Mill construye en su ejemplo el supuesto de que no hay tiempo para avisar a la persona sobre el peligro en el puente; cabe suponer que, si habría tiempo para avisarle, entonces las otras cosas estarían igual y Mill admitiría que no habría un caso de coerción. Lo que es más importante, uno podría argumentar que ninguno realmente sabe, o puede saber, que la doctrina de la religión revelada es verdadera; la aceptación de cada doctrina depende de aceptar los relatos de los testigos quienes tal vez son poco fiables o sus palabras tal vez han sido malinterpretadas a lo largo de los años.

Afortunadamente, Locke tiene otras cuerdas en su arco. Un argumento intrigante gira en torno a la naturaleza de la creencia y su relación con la voluntad. Supongamos que el campeón de la intolerancia dice al no-creyente: “deberías creer en los artículos de mi fe” (Por ejemplo la doctrina de la trinidad). Parece apropiado para el no creyente responder a tal afirmación diciendo que: “no está en mi poder creer en esta doctrina. Malinterpretas la naturaleza de la creencia. La creencia no es una acción voluntaria como encender una luz. En lugar de eso, la creencia es como el enamoramiento; es algo que te ocurre.”  Uno debería entonces conectarse con el principio kantiano aceptado implícitamente por Locke: “deber implica poder”. Si la creencia no está en mi poder, y deber implica poder, entonces no tengo la obligación de creer la proposición en cuestión.

Ésta parece ser una poderosa respuesta a la recomendación de la intolerancia, pero otra vez, desafortunadamente, no es concluyente. Ante dicha recomendación podríamos decir: “Estoy de acuerdo en que la creencia no está directamente bajo tu control voluntario, pero mantengo que ésta es indirectamente así. En verdad, simplemente no puedes cambiar la creencia,  pero está en tu poder hacer cosas que resultarán, o probablemente resulten, en que llegues a la creencia.” Pascal, por ejemplo, pensó que aunque simplemente no podemos creer a voluntad, podemos hacer cosas como ir a misa y combinarnos con la congregación de fieles, los que tendrán el efecto de producir la creencia; la fe, pensaba, es capturada. Y entonces, la persona intolerante está en la posición de generar un caso de persecución religiosa por parte del Estado: allí debería haber penalidades por no asistir a la iglesia para que las personas estén inducidas a asistir y por lo menos dar una audiencia a las enseñanzas de la religión aprobada por el Estado. Este fue el argumento que propuso Locke a su oponente, Jonas Proast. Locke busca responder a este argumento diciendo que la creencia religiosa sincera no puede ser producida de esta manera, y que es sólo la creencia religiosa sincera la que es aceptable para dios. Sí esta respuesta a Proast es exitosa, es un asunto controversial entre los filósofos que han estudiado el debate. Y este asunto no es uno estrechamente académico: debería ser de interés de todos aquellos que buscan defender los valores de la Ilustración en la actualidad.

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Un comentario sobre “¿Por qué no debemos forzarlos a entrar? Locke, la Ilustración, y el debate sobre la tolerancia religiosa

  1. La influencia de San Agustín fue de alguna forma exagerada por el clero en el Vaticano, y los Papas medioevales que iniciaron con Gregorio I, tomaron la consigna en el sentido de forzar a la gente a ser catolico de rito occidental tradicional o ser declarado hereje….. y la situación llegó a extremos con la “cruzada” de Venecia contra Bizancio en 1204, contra los albigenses del sur de Francia hacia 1240, la expulsión de los judíos en España bajo los reyes católicos, por mencionar algunos.
    Y luego otra situación adicional, por la influencia hugonote de Madame Maintenon, esposa morganática por sacramento, más no oficialmente, Luis XIV abolió el Edicto de Nantes de tolerancia religiosa que otrora emitiera inteligentemente su abuelo Enrique IV de Navarra, para terminar un tiempo de casi un siglo de guerras de religión, iniciados con la publicación de las 99 tesis en la universidad de Wuttemberg por Lutero, en Octubre de 1517.
    Y bueno, dicha abolición provocó mayor polarización por no decir guerra interna, en una Francia ya desangrada por las guerras constantes en búsqueda de restablecer las “fronteras naturales”; los soldados dragoneantes del Rex Christianissimus cometieron desmanes y torturas a más no poder sobre los protestantes, y muchos hugonotes juiciosos, críticos, ahorrativos, creativos, salieron a Holanda, Alemania y Reino Unido, donde contribuyeron al desarrollo de la Europa Atlántica.

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