Sobre la filosofía del conservadurismo

Sobre la filosofía del conservadurismo

“Así los llamados “paleoconservadores” abrazan los límites de la política exterior, pero (a menudo porque erróneamente confunden pluralismo con relativismo) sostienen que la sociedad debe estar basada más o menos exclusivamente en las normas y valores occidentales derivadas de los cristianos; proporcionando, en el proceso, cobertura intelectual para xenófobos o personas que aparte de eso son intolerantes en cuanto al respeto a la inmigración y la diversidad.”

Traducción que publiqué originalmente en el reflejo fragmentado


Esta traducción ha sido efectuada a partir del texto escrito por Musa al-Gharbi, que fue publicada en la página de la revista Philosophy Now: https://philosophynow.org. Si deseas acceder al artículo original puedes hacerlo a través del siguiente enlace: https://philosophynow.org/issues/113/On_the_Philosophy_of_Conservatism


Autor: Musa al-Gharbi

Musa al-Gharbi es un sociólogo cognitivo afiliado con la Iniciativa del Suroeste para el Estudio de los Conflictos en el Medio Oriente (SISMEC, por sus siglas en inglés). Accede a su trabajo y medios sociales a través de su página web: http://fiatsophia.org.


Musa al-Gharbi perfila la variedad de posiciones conservadoras

¿Qué mantiene en pie al conservador? Una idea popular es que los conservadores se aferran a la tradición y se resisten al cambio. Hay un elemento verdadero en esta descripción, en que los conservadores hacen valorar la tradición  -aunque no por su propio bien-, pero (siguiendo a Edmund Burke), por la convicción de que los sistemas e instituciones que han probado a lo largo del curso de las generaciones que no deben de ser precipitadamente dejadas de lado por una moda no probada (y típicamente desafortunada). Pero fundamentalmente, esto es una característica del conservadurismo en lugar de su esencia. Conservadurismo es una respuesta al progresismo. El punto de divergencia entre ellos está relacionado con la (im) perfectibilidad del hombre, un debate de varios siglos con orígenes teológicos pero profundas implicaciones políticas presentes. Los progresistas tienden a ver la historia de un modo generalmente lineal: piensan que es un resultado de la bondad esencial de la humanidad, o la racionalidad, o si no como resultado de las inmutables fuerzas suprahumanas, la humanidad está en una trayectoria hacia algún “fin de la historia” (la noción de progreso es incomprehensible sin un estado final. ¿Qué constituiría al progreso en una línea infinita?). En la medida en que este punto álgido es considerado como utópico y así deseable en la naturaleza, los progresistas a menudo creen que es su responsabilidad acelerar este resultado, o incluso intentar su ideal en el aquí y ahora. Típicamente consideran a los gobiernos como un medio para lograr esos fines, apelando a alguna concepción del Bien que el Estado se supone debe realizar, a menudo por medio de un supuesto modo superior de acuerdo social. Este es el impulso que sustento a la Ilustración, marxismo y miríadas de otros movimiento revolucionarios, y su negación dio forma a las bases del conservadurismo.

Conservadurismo clásico

Dado su rechazo al perfeccionismo político, los conservadores tienden a reservar un papel mucho más pequeño para el Estado. Sin embargo, a diferencia de los (políticos) liberales, los conservadores enfatizan la comunidad sobre la individualidad. Dentro de las comunidades, las personas están sujetas a ser responsables de, y responsable para, otro, sin mucha necesidad de la interferencia del Estado, típicamente por mantener los valores y modos sociales de organización tradicionales. Derechos civiles, libertades civiles y propiedad privada, son considerados como baluartes esenciales contra gobiernos que potencialmente intentan excederse en sus roles. La función del Estado no es promover algún acuerdo socio-político particular, sino en su lugar proteger y promover condiciones para que las comunidades acuerden entre ellas como mejor les parezca, principalmente a través de la aplicación de normas acordadas, definiendo las relaciones en las comunidades y entre ellas, y proporcionando un foro para resolver disputas. El Estado también sirve como un vehículo para protegerse contra las amenazas externas y avanzar en intereses comunes en el extranjero. Sin embargo, el alcance de este tipo de obligaciones es estrecho: Los gobiernos no son responsables por ciudadanos de otros países, y no tienen más que un mandato para avanzar internacionalmente  ideales particulares o acuerdos socioculturales que hacen domésticamente. En consecuencia, el Estado debe evitar compromisos extranjeros costosos, arriesgados, o de duración indefinida a menos que sea completamente necesario. Del mismo modo, debería abstenerse de poner en peligro la seguridad pública, intereses o recursos públicos por amenazas innecesarias o aparte de eso por antagonizar o fastidiar a otros Estados.

Otras tensiones conservadoras:

El conservadurismo clásico exige realismo y autocontrol, tanto domésticamente como en el exterior. Desafortunadamente, muchos políticos contemporáneos que se describen como “conservadores” reflejan poco de esto. Así los llamados “paleoconservadores” abrazan los límites de la política exterior, pero (a menudo porque erróneamente confunden pluralismo con relativismo) sostienen que la sociedad debe estar basada más o menos exclusivamente en las normas y valores occidentales derivadas de los cristianos; proporcionando, en el proceso, cobertura intelectual para xenófobos o personas que aparte de eso son intolerantes en cuanto al respeto a la inmigración y la diversidad. Muchos de los que están asociados con este tipo de pensamiento consideran con sospecha y a veces desprecian los intentos de los no blancos-anglosajones-protestantes por formar enclaves dentro de la sociedad para proteger o promover su identidad cultural, sosteniendo generalmente que las minorías tienen la obligación de integrarse al orden prevaleciente: una posición conveniente para asumir, en la medida que este orden pase a reflejar sus propios valores e intereses.

Los auto-denominados “neoconservadores” están menos preocupados por los temas sociales, y todavía adoptan el “absolutismo progresista” en términos de política exterior y seguridad nacional. Ellos sostienen que esta es la responsabilidad de los gobiernos nacionales para proteger y avanzar el orden mundial unipolar de Estados Unidos prácticamente por cualquier medio. Estos incluyen la propagación forzosa del liberalismo por todo el mundo; destruyendo políticas y sistemas e instituciones económicas incompatibles; vigilando e interrumpiendo desacuerdos internos por medios de la imposición de leyes de dominación y equipos de seguridad; y mediante la utilización de narrativas sobre-simplificadas sobre “el bien y el mal” que representan cualquier escepticismo o resistencia a su agenda como peligrosamente ingenuos e inclusive totalmente como traidores.

Por el bien de la conveniencia política, la mayoría de liberales conservadores parecen afiliarse con una de estos campos, de acuerdo a sus prioridades. Pero más generalmente, los liberales conservadores tienden a exagerar el individualismo y un gobierno universalizado pero mínimo, con un conjunto de reglas, derechos y obligaciones racionalizados que se aplican uniformemente a todos los ciudadanos.

En lugar de eso, el conservadurismo clásico hace hincapié en las comunidades. Tal vez su más plena realización sería un sistema legalmente pluralista que confiere poderes a grupos de ciudadanos de la misma opinión que acuerden entre ellos de la mejor manera que les parezca -por lo tanto, incluyen procesos económicos, legales y políticos radicalmente diferentes dentro de sus dominios- asegurando que todos los ciudadanos puedan vivir en una sociedad que refleje sus propios intereses y valores, en lugar de estar forzado en un juego pluralista secular de suma cero sobre quien llega a definir la posición supuestamente neutral. La aproximación liberal más cercana a este punto de vista es captada en Anarquía, Estado y Utopía de Robert Nozick. También hay un número de intelectuales públicos contemporáneos que no se han definido como conservadores, pero cuyo trabajo ejemplifica las tensiones del pensamiento clásico conservador, y podría servir como una introducción accesible a esto. Entre ellos están Nassim Nicholas Taleb, William Easterly, y Evengy Morozov.

 

 

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