Por qué el deseo sexual es objetivador, y por lo tanto moralmente malo

Por qué el deseo sexual es objetivador, y por lo tanto moralmente malo

«Pero hay un obstáculo. La capacidad de razonar es lo que hace que la gente termine en sí misma digna del respeto moral, de acuerdo a Kant. Y lo que es objetivador sobre el deseo sexual es su habilidad para entumecer a una persona para razonar, tanto en ellos mismos como en otros. Su poder es lo que convierte a nuestra razón en su sirviente: nuestra racionalidad se convierte en el medio para satisfacer sus objetivos.»

Esta traducción ha sido efectuada a partir del texto escrito originalmente en inglés por Raja Halwani y editado por Sally Davies, que fue publicada en la página: http://aeon.co. Si deseas acceder al artículo original puedes hacerlo a través del siguiente enlace: https://aeon.co/ideas/why-sexual-desire-is-objectifying-and-hence-morally-wrong


Autor: Raja Halwani

Raja Halwani es profesor de filosofía en la Escuela del Instituto de Arte de Chicago. Él es autor del libro “Filosofía del amor, el sexo y el matrimonio” (2010).

Editor: Sally Davies


El filósofo del siglo XVIII, Inmanuel Kant, creía que los seres humanos tendían a ser malvados. Él no estaba hablando de algún individuo frotándose sus manos y cantando con regocijo en la perspectiva de torturar a un enemigo. Él estaba pensando en la tendencia humana básica a sucumbir a lo que queremos hacer en lugar de lo que deberíamos hacer, a prestar atención al canto de sirena de nuestros deseos en lugar del llamado del deber. Para Kant, la moralidad es una fuerza que cierra esta brecha, y nos refrena de nuestro yo más oscuro y deseador.

Una vez que el deseo se convierte en sospechoso, el sexo nunca está muy lejos. Kant reconocía implícitamente el poder inusual del impulso sexual y su capacidad para desviarnos de hacer lo que es correcto. Afirmaba que el sexo era especialmente condenable moralmente, porque la lujuria se centra en el cuerpo, no en la agencia, de aquellos que deseamos sexualmente y así los reducimos a meras cosas. Esto nos hace ver a los objetos de nuestro deseo como solo eso, objetos. Al hacerlo, los vemos como meras herramientas para nuestra satisfacción.

Tratar a las personas como objetos puede significar muchas cosas. Podría incluir golpearlos, quebrarlos y violarlos. Pero hay otra forma menos violenta de objetivar a la gente. Podríamos tratar a alguien solo como un medio para nuestro placer sexual, para satisfacer nuestra lujuria en esa persona, por usar una expresión un tanto arcaica. El hecho que la otra persona consienta no deshace la objetivación; dos personas pueden acordar usar el uno al otro con propósitos puramente sexuales.

Pero, ¿No usamos a los otros todo el tiempo? Muchos de nosotros tenemos trabajos, como limpiadores, jardineros, profesores, cantantes. ¿El beneficiario del servicio objetiva al proveedor del servicio, y el proveedor del servicio objetiva al destinatario para tomar su dinero? Estas relaciones no parecen provocar el mismo reparo moral. O no implica objetivación o la objetivación es de algún modo neutralizada.

Kan dice que esos escenarios no eran realmente el problema. Él saca una diferencia entre el mero uso (la base de la objetivación) y más-que-el-mero-uso. Mientras que podríamos contratar personas para trabajar, y aceptar pagos por nuestro trabajo, no trataríamos a la persona en el otro lado de la transacción como una mera herramienta; pues aún reconocemos la humanidad fundamental de la persona.

El sexo, pensaba, es diferente. Cuando contrato a alguien para cantar, de acuerdo a Kant, mi deseo es por su talento, por la-voz-en-acción. Pero cuando deseo sexualmente a alguien, deseo su cuerpo, no los servicios, los talentos o las capacidades intelectuales de la persona, aunque alguno de esos podría mejorar el deseo. Así, cuando deseamos el cuerpo de una persona, nos centramos durante el acto sexual en sus partes individuales: las nalgas, el pene, el clítoris, los muslos, los labios. Lo que deseamos hacer con aquellas partes difiere, claramente. A algunos les gusta tocarlos con la mano, otros con los labios, otros con la lengua; para otros aún, el deseo está en solo mirar. Esto no significa que me conforme con un cadáver humano: nuestro deseo por los cuerpos humanos es dirigido a ellos como vivientes. Al igual que mi deseo por un celular está dirigido a uno que funciona.

Pero, uno podría objetar, ¿No tenemos relaciones sexuales porque amamos a nuestras parejas y queremos que sientan placer? Por supuesto que sí. Pero si lo hicimos cuando no queríamos hacerlo en primer lugar, entonces no lo hacemos por deseo sexual. Y si no lo hacemos por el deseo sexual, entonces el problema de la objetivación no se presenta en sí mismo. Podemos disfrutar sexualmente de otra agradable persona. Pero puedes pensar en la otra persona como un instrumento sofisticado: para dar el máximo placer, tenemos que complacerlo. Solo porque tenga que engrasar y mantener mi carro no significa que es menos que un instrumento.

El sexo no solo hace que objetives a tu pareja. También hace que te objetives a ti mismo. Cuando estoy en la sujeción del deseo sexual, también permito que otra persona me reduzca a mi cuerpo para usarme como una herramienta. Kant vio este proceso de auto-objetivación como un problema moral serio igualmente, si no es más, que la objetivación dirigida hacia afuera. Yo tengo obligaciones con los otros para promover su felicidad, pero también tengo el deber de perfeccionarme moralmente. Permitirme ser objetivado se opone a este precepto, de acuerdo a Kant.

Pero realmente, ¿Cuál es el problema? Sí, nosotros objetivamos al otro en el sexo y dejamos que nosotros mismos seamos objetivados. Peores cosas han ocurrido y ocurrirán. Al menos con el sexo hay placer (si todo va bien) y bastante (si todo va muy bien). Lo que sea que esté mal con la objetivación sexual ¿No puede ser tan malo, sin duda?

Pero hay un obstáculo. La capacidad de razonar es lo que hace que la gente termine en sí misma digna del respeto moral, de acuerdo a Kant. Y lo que es objetivador sobre el deseo sexual es su habilidad para entumecer a una persona para razonar, tanto en ellos mismos como en otros. Su poder es lo que convierte a nuestra razón en su sirviente: nuestra racionalidad se convierte en el medio para satisfacer sus objetivos. Esto ha sido la caída de reyes y líderes; la ruina de relaciones; el semillero de mentiras en la persecución por tener sexo (“¡Yo también! ¡Adoro la música atonal!”). En mi persecución por llevarlo a cabo, hago trampas, engaño, pretendo ser alguien que no soy, y no solo para la otra persona, sino también para mí mismo. Dejo de lado la racionalidad del otro, y al hacerlo, dejo de lado su humanidad. Esa no es mi preocupación; su cuerpo lo es.

¿Es posible tener sexo sin objetivación? Por supuesto que sí. Las prostitutas lo hacen todo el tiempo. También lo hacen muchas parejas a largo plazo. Tienen sexo con personas que ellas no desean. Y sin deseo no hay objetivación. Ni siquiera el amor puede arreglarlo. Cuando el deseo es grande, cuando el acto sexual está en su total desarrollo, mi amada es un pedazo de carne (Aunque amar conlleva abrazos esporádicos, lo que es agradable)

Estoy de acuerdo con Kant que el deseo sexual y la objetivación son inseparables, y una fuerza que la moralidad debe reconocer. El sexo es como un buen postre: delicioso pero con un precio.

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