Alan está vivo

“¡Alan está vivo!”

« Y es que pareciera que algunas personas necesitaran que él siga vivo para que no se quiebre en su imaginario la figura del vivo, del criollo, de aquel que siempre obtiene algún beneficio a partir de la elusión de la norma.»

Comúnmente se afirma que “Vox populi, vox dei” (la voz del pueblo es la voz de dios) pero ¿Esto es realmente cierto? El suicidio de Alan García ha generado una conmoción tal, que las reacciones que se pueden observar hasta el momento han sido variopintas.

Por una parte, tenemos a sus compañeros del partido de los últimos años, quienes conforman la actual cúpula aprista, y que nos han venido presentando una versión delirante del suicidio de su amigo, la cual busca convertir dicho desenlace en un acto de sacrificio frente a la “persecución política” realizada por un pequeño grupo de fiscales.

Por otra parte, se viene planteando la teoría conspirativa de que en realidad Alan García está vivo. Esta creencia se sostiene en el hecho de que el político aprista era una persona muy inteligente y hábil, que habiendo eludido a la justicia por tanto tiempo, resulta poco creíble que él haya muerto, sino que, en realidad, nos encontramos frente a un simulacro de su muerte como una última muestra de esa habilidad que siempre lo ha caracterizado.

Ahora bien, ambas afirmaciones constituyen evidentes negaciones a la realidad pese a que sus motivaciones sean distintas. Siendo, la segunda, la que más llama la atención, pues de sus compañeros en la vida política se puede esperar que quieran convertirlo en héroe para mantener la unidad del partido, y por ello, resulta de vital importancia la preservación de la imagen ficticia que ellos quieren que su amigo tenga.

Sin embargo, ¿Por qué el ciudadano de a pie pareciera tener la necesidad de negar la muerte de este político? Ensayaré una respuesta. Consideremos primero que Alan García representa la máxima expresión del político criollo, del seguidor de la ley de pepe el vivo, de aquel que no respeta norma alguna, sino que siempre ve la forma de sacarle la vuelta y obtener un beneficio de ello.

Curiosamente, la criollada no es un elemento substancial y exclusivo de Alan García, sino que se trata de una costumbre o hábito que reside en lo más profundo de nuestras prácticas culturales, sea que las rechacemos o la practiquemos, o cuanto menos, la toleramos. Y es que pareciera que algunas personas necesitaran que él siga vivo para que no se quiebre en su imaginario la figura del vivo, del criollo, de aquel que siempre obtiene algún beneficio a partir de la elusión de la norma.

Es así, que surge la necesidad de que aquel ciudadano siga vivo, pues no se trata de una mera muerte corporea sino también del resquebrajamiento en el imaginario popular de que todo aquel que elude la ley o se aprovecha del erario nacional puede salir bien librado. En otras palabras se derrumba la idea de la impunidad.

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